La piscina pública más grande del mundo estuvo en Buenos Aires: historia del balneario de 840 metros

En la memoria urbana de Buenos Aires hay episodios poco conocidos que sorprenden por su magnitud. Uno de ellos es el de una piscina pública monumental que, durante una década, ostentó el título de la más grande del mundo. Estaba emplazada en la Costanera Norte, muy cerca del Río de la Plata, y se convirtió en un símbolo del vínculo que la capital argentina supo tener con su ribera a mediados del siglo XX.

Un balneario de dimensiones inéditas en plena ciudad

Inaugurado en 1950, el complejo se destacaba por cifras realmente impresionantes para la época y para cualquier estándar actual. La pileta medía 840 metros de largo por 80 metros de ancho, lo que equivale aproximadamente a ocho cuadras porteñas extendidas en línea recta. Su profundidad promedio rondaba el metro veinte, lo que la hacía apta para el disfrute familiar y para que personas de distintas edades pudieran refrescarse sin riesgos.

El espacio fue concebido como un gran centro de recreación pública. Contaba con instalaciones complementarias que invitaban a pasar el día entero allí, entre ellas:

  • Vestuarios amplios para los visitantes.
  • Una confitería donde podían comer y descansar.
  • Zonas verdes y de esparcimiento alrededor del espejo de agua.
  • Servicios pensados para el público familiar.

Una particularidad técnica del balneario era el origen del agua. La pileta se llenaba y renovaba con agua proveniente del Río de la Plata, aprovechando su cercanía con la costa. Este sistema permitía mantener el recambio constante del líquido en una superficie tan vasta, algo que habría sido inviable con métodos tradicionales.

El contexto urbano: ganarle terreno al río

La existencia de esta obra no se entiende sin considerar el momento histórico en el que fue construida. Entre las décadas de 1920 y 1930, Buenos Aires había emprendido un ambicioso plan para ganar terrenos al Río de la Plata mediante rellenos costeros. La idea era generar nuevos espacios verdes, paseos y zonas recreativas para una población urbana que crecía con rapidez.

En 1938, una ordenanza municipal destinó parte de esos terrenos al proyecto conocido como Parque de la Raza, una gran área pensada para el ocio de los vecinos. Sin embargo, los planes originales se vieron modificados poco tiempo después con la llegada de un proyecto distinto: la construcción de un aeropuerto dentro del ejido urbano.

El Aeroparque y la convivencia con la recreación popular

El Aeroparque Jorge Newbery fue inaugurado en 1947 bajo una concepción singular: funcionar como un “aeródromo dentro de un parque”. Esa lógica permitió que, en los terrenos circundantes, se mantuvieran y desarrollaran espacios destinados al ocio popular. Allí convivieron instalaciones deportivas, colonias de vacaciones y diversas actividades recreativas impulsadas por el Estado.

En ese marco se levantó la enorme pileta, que rápidamente se transformó en un punto de referencia para las familias porteñas. Durante los veranos, el balneario recibía a miles de personas que encontraban allí una opción gratuita o de bajo costo para disfrutar del agua sin alejarse de la ciudad. La cercanía con el centro urbano, sumada a sus dimensiones excepcionales, le otorgaron un lugar destacado en la vida social de la época.

El declive y la desaparición del complejo

A pesar de su éxito inicial, el destino del balneario quedó marcado por el desarrollo del propio aeropuerto. Hacia fines de la década de 1950, la pileta comenzó a perder protagonismo. El crecimiento del tránsito aéreo demandaba nuevas obras de infraestructura, ampliaciones de pista y la implementación de medidas de seguridad más estrictas, factores que fueron recortando el espacio disponible para actividades recreativas.

Durante los años sesenta, la expansión aeroportuaria continuó avanzando sobre los terrenos que antes ocupaba el balneario. Las instalaciones quedaron relegadas, deterioradas y sin el mantenimiento que requerían. Finalmente, a comienzos de la década de 1970, desaparecieron los últimos vestigios del complejo. En su lugar se construyeron estacionamientos y otras instalaciones vinculadas a la operación aeroportuaria.

Un legado que perdura en la memoria porteña

Hoy, quien camina por las inmediaciones del Aeroparque Metropolitano difícilmente pueda imaginar que en ese mismo lugar funcionó alguna vez la pileta más grande del mundo. La transformación del paisaje fue tan profunda que apenas quedan fotografías y testimonios para reconstruir aquella experiencia.

La historia de este balneario gigante es también la historia de una etapa en la que Buenos Aires apostó fuerte por los espacios públicos junto al río, con una visión que combinaba urbanismo, recreación masiva y vínculo con el paisaje fluvial. El avance de otras prioridades, como el transporte aéreo, terminó imponiéndose, pero el recuerdo de aquella piscina monumental sigue despertando asombro entre quienes descubren su existencia. Es un testimonio de una época en la que la capital argentina supo proyectar, aunque por poco tiempo, obras de escala verdaderamente excepcional para el disfrute de sus habitantes.

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